La botella de oro
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El caso es que ese
verano estaba siendo muy caluroso para la ciudad, tanto era así, que todos los
ciudadanos, ricos y pobres, guapos y feos, empleados y desempleados, demandaban
alguna medida para evitar semejante sofoco. Desde que surgieron las protestas,
muchos desafortunados cayeron inconscientes, desolados por semejante calor que
ya quisiera provocar Apolo con sus pantuflas griegas.
Pasaron los días, y no
ocurrió nada.
Pasaron las semanas, y
no ocurrió nada.
Pasaron los meses, y no
ocurrió nada.
Pasó un año, y no
ocurrió nada.
Pasó un año y medio, y
sí ocurrió algo. Fue Somi, quien con un escupitajo, ennegrecido por masticar
tabaco barato del sur, declaró la guerra al gobernador, el temible alcalde
Osudese Pairo, un gordinflón comilón de pocos modales que siempre llevaba
puesto un monóculo derecho. Quienes conocían a Somi, media ciudad
prácticamente, no se sorprendieron de su decisión, es más, lo apoyaron incondicionalmente.
Y los que no lo conocían, pues bueno, decidieron seguir a aquél viejo loco
vagabundo que estaba a punto de luchar contra el sistema, en tanto que
consideraron que sería divertido hacer el payaso (de manera colectiva por si
las moscas) por toda la ciudad. Como cuando un lindo y gordito cerdo encuentra
una sabrosa y escondida trufa, así se sentía la gente de a pie de la ciudad de
Mpikatuleron. Somi y los demás ciudadanos querían cambios drásticos. Un nuevo y
glorioso mañana se estaba acercando, tanto, como la ceguera que produce a una
hormiga al ponerle una inmensa linterna delante de sus narices.
¡Hasta pronto! CERP
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