Por eso os presento esta propuesta. Sin querer alardear, la obra se me ha venido a la cabeza con suma rapidez, por lo que he podido desarrolarla y darla por finiquitada en un abrir y cerrar de ojos. Y considerando los resultados de relatos míos previos escritos en un tiempo récord, lo cierto es que no está tan mal. Espero que os guste, allé voy.
Mírate
Shalira
Ostenweich, Ali para los amigos, era una joven actriz. De carácter agradable y
sencillo, tímida a conciencia considerando que así agradaría a los demás, Ali
tenía un cuerpo envidioso. Delgado pero con formas curvas atrayentes. Pecho
escaso pero adaptado a su estructura corporal. Una cabellera corta pero de un
aspecto de color dorado y forma rizada que enamoraba a cualquiera. Sin embargo,
lo que realmente robaba los corazones tanto de hombres como de mujeres era su
mirada. Enigmática y poderosa. Inquietante y tierna a la vez. Insinuante y
contenida a partes iguales. Ali era una mujer que podía disfrutar de su éxito,
saborearlo cual exquisito plato exótico, como fruto de su arduo trabajo a lo
largo de los años en la industria cinematográfica, maravillosa para algunos y temible
para otros. Ali creía en lo primero.
Sin
embargo, toda era dorada llega a su fin, y la vida de Shalira Ostenweich no
podía considerarse una excepción. Su existencia se vio trastornada cuando
recientemente tuvo un accidente de coche que la dejó inmóvil para el resto de
su vida. Sueños rotos de un futuro de una grandeza incalculable. El fin de una
era. El ocaso de un tiempo dorado hacia un futuro de incertidumbre. En
definitiva, el derrumbamiento del mundo por el cual tanto había luchado.
Todos
sus esfuerzos, logrados con sangre, sudor y lágrimas, se habían hecho añicos.
Convertidos en polvo. Convertidos en ceniza. Porque si algo sabía Ali con
certeza, tal cual le había repetido su madre en incontables ocasiones antes de
morir cuando la actriz tenía apenas quince años, era que “Del polvo venimos, y
como polvo desaparecemos. Debes mirarte a ti misma, comprender lo que tu alma
quiere decirte, y aceptar sin miramientos a tu verdadero yo. Sólo así podrás
morir en paz”.
Con
ese último recuerdo acerca de su madre, miró por última vez el espejo que tenía
en la mesita de noche. Luego la luz de su existencia se apagó para siempre.
¡Hasta pronto! CERP
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