Tres entrantes y un gran plato principal
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Sin dudarlo, optó por lo primero y se puso manos a
la obra. Vio las sexistas películas americanas sobre chicas y sus complejos
sociales. Con ello cambió su imagen. Luego se interesó por los temas de actualidad
para dar a entender que era lo suficientemente inteligente como para entablar
una conversación lo suficientemente trascendental. Para mejorar el segundo paso
de su transformación, muy a su pesar de la inicial negativa de llevarlas
puesta, sustituyó las gafas de culo de botella por las gafapastas que tan de
moda estaban, amén de incluir en el paquete de cambio de identidad un móvil Iphone con una parte de la pantalla rota
a propósito. Y para la guinda del pastel, se aficionó a las selfies, algo que años atrás habría
considerado como contraproducente y mata-neuronas. Adquirió una legión de
amigas y le llovieron hombres por doquier. Tenía el mundo a sus pies.
Todo parecía ir sobre ruedas, o al menos eso
mostraba Dennise exteriormente a los demás. Lo cierto es que todavía, muy a su
pesar, y tras todo el sudor y la sangre derramadas en la batalla campal por el
cambio físico y, dudosamente a bien, mental, no se sentía realizada. Existía un
no sé qué, o mejor dicho, un qué sé yo que la atormentaba. ¿Cuál era su
verdadera pasión?
Acercándose a la temerosa edad de los treinta
descubrió la solución a su inquietud. Una vez más, su vida volvió a dar un gran
giro existencial. Ya no le importaba vivir o morir en el campo de batalla de la
sociedad. Tan sólo, y recordando aquellos tiempos de cuando era niña y sus
deseos de ser veterinaria, quería ver hecho realidad su sueño. Era un ideal que
había permanecido oculto en su interior. Era un ideal dictaminado por su
corazón, al que Dennise siempre había visto por encima del razonamiento de su
mente. Su nueva meta existencial… La gastronomía mundial.
Y allí estaba. Cinco años después de su revelación.
Sentada en una mesa individual del restaurante de exquisiteces curiosas del
mundo. Esperando a ver qué le traían. Impaciente. Babeando. Y con 40 kilos de
más. Todos los recuerdos de los cambios más importantes de su vida habían
fluido de nuevo por su cabeza al haber olido el aroma de los deliciosos platos
que rondaban de acá para allá por las mesas ajenas.
Comprendió que no le
importaba la fama de un país por sus temas políticos o bélicos. Si un país
tenía alguna comida que le gustase a Dennise, ella lo aceptaba como a un
hermano más. Eso y que si moría, tarde o temprano, deseaba que fuese comiendo,
preferiblemente espaguetis con albóndigas, aunque tampoco hacía ascos a otras
comidas. Con el agudizado sentido del oído y del olfato tan propios de una
sibarita como ella se consideraba, escuchó como un carrito se acercaba por su
espalda, a la par de un extraño olor que le hizo arquear las cejas.
El tiempo pasaba con una lentitud inusual. Mares de
sudor cubrían el amplio cuerpo de Dennise. El corazón en un puño. Su mundo
temblando. Sonaban trompetas en su quijotera. En cuestión de segundos, los
cuales fueron como horas para ella, el carrito con la comida llegó a su mesa.
El camarero dejó en su mesa la bandeja cubierta con el plato que Dennise había pedido,
y se marchó con deseándole con educación que disfrutase con lo servido. Cañones
de guerra disparaban en su mente. Abrió la bandeja… y descubrió lo más
maravilloso que había visto en su vida. Todo era perfecto.
FIN
¡Hasta pronto! CERP
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