Érase una vez,
años antes de la fatídica guerra,
nació en territorio nuberio
una niña risueña
y con un don especial
que en su juventud descubriría.
La chiquilla
un encanto en todo su ser
venía de buena familia,
padres ricos
preocupados por los más necesitados,
que ayudaban a todo aquél que lo pidiese.
La niña,
aunque inteligente y con buenas ideas,
no mostraba especial interés
por los largos libros a estudiar,
sino que su mayor deseo
era cantar,
a lo que sus padres,
no sin cierta perplejidad,
aceptaron sin mayores complicaciones,
porque plenamente en su hija confiaban.
Así pues fue creciendo la niña,
hasta convertirse en una hermosa mujer,
de largos cabellos negro ceniza,
ojos de dulce miel,
labios discretos,
y en conjunto,
un delgado
a la par de atractivo cuerpo.
No sólo en belleza
creció la dama,
también numerosos talentos
con esfuerzo obtuvo,
de entre los que sin duda destacaba,
su pasión por cantar.
Su voz era extraña,
porque una rara atracción tenía
hacia quienes la oyesen
sus corazones alentaba.
Con el paso de los años
ella cantando siguió,
hasta que la decisión tomó
de sacerdotisa ejercer
y con su alentadora voz
animar a quienes lo necesitasen,
ya fuesen vagabundos,
niños,
artesanos,
nobles,
o soldados,
su origen no importaba,
si con su talento ayudar podía.
De esta manera
en sacerdotisa se convirtió,
siendo la más joven
que en toda Nuberia hubo.
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